viernes, 20 de octubre de 2017

Niños entregan medallas a combatientes




.Orlando Guevara Núñez
El seminternado de primaria Generalísimo Máximo Gómez Báez, en el Distrito José Martí, fue escenario de un matutino especial, cuando los niños prendieron en los pechos de un grupo de combatientes la Medalla  Conmemorativa  “60  Aniversario  de las Fuerzas Armadas Revolucionarias", otorgada por acuerdo del Consejo de Estado de la República de Cuba.
En esta ocasión, los condecorados son combatientes de la Lucha Contra Bandidos. Fue un hermoso y patriótico acto, en el cual los alumnos conmemoraron al aniversario 90 del natalicio de Abel Santamaría Cuadrado, segundo jefe de la acción moncadista del 26 de julio de 1953, asesinado por los esbirros de la tiranía batistiana.
Un coro infantil  escenificó  los hechos del 20 de octubre de 1868, cuando en Bayamo fue cantado por primera vez  lo que sería nuestro Himno Nacional, incluyendo el incendio de esa ciudad, el 12 de enero de 1869, decisión de los patriotas bayameses antes que entregarla a los españoles.
El 20 de octubre, por eso, fue declarado como el Día de la Cultura Cubana.
Momentos emotivos cuando los niños, de forma espontánea, saludaban a los combatientes, estrechaban sus manos, los abrazaban y expresaban su admiración por ellos.
Un sentido tributo – también escenificado -rindieron también los infantes a dos grandes héroes de la Revolución cubana: Camilo y el Che.
Mañana inolvidable para ese colectivo educacional y para los combatientes. Muestra de que la raíz, sigue alimentando frutos.

jueves, 19 de octubre de 2017

Abel no nos faltará jamás




.Orlando Guevara Núñez

Abel Santamaría Cuadrado, segundo jefe del asalto al Cuartel Moncada, habría cumplido  hoy  90  años de edad. Pero fue uno de los combatientes  que, hecho prisionero tras quedarse sin municiones,  resultó asesinado, luego de bárbaras torturas que incluyeron  cercenarle  los ojos.
Había nacido en Encrucijada, entonces provincia de Las Villas, el 20 de octubre de 1927, en el seno de una familia humilde, de procedencia española. Su padre, trabajador del central Constancia, de esa localidad, el mismo donde desarrolló muchas de sus actividades en defensa de los trabajadores el líder obrero y comunista Jesús Menéndez Larrondo.
En ese central,  Abel trabajó  como mozo de limpieza y  despachador de mercancía y posteriormente como empleado de oficina.
A los 20 años de edad,  el joven Abel  pasó a residir en La Habana, donde comenzó a abrirse paso, simultaneando el estudio con el trabajo.  Laboró en la Textilera  Ariguanabo y posteriormente en una agencia que representaba en Cuba a la firma de automóviles Pontiac, en función de contabilidad, carrera que cursó hasta el tercer año.
Sus inquietudes revolucionarias  lo llevaron a las filas de la Juventud del Partido Ortodoxo. Y es en mayo de 1952 cuando conoce al también joven revolucionario Fidel Castro. Desde entonces,  los dos establecieron una sólida amistad que dio paso a los quehaceres de  la organización de un movimiento clandestino para luchar contra la tiranía de Fulgencio Batista.
Desde el mismo inicio de los preparativos del asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba,  y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, Abel Santamaría, por sus cualidades, ascendió al cargo de segundo jefe de esa heroica acción, materializada el 26 de Julio de 1953.
Como parte de los preparativos, estuvo en Santiago de Cuba los días previos al combate, desarrollando una febril actividad  organizativa y de aseguramiento junto a Renato Guitart Rosell, único de los futuros asaltantes que para esa fecha residía en esta ciudad.
Llegado el momento de la acción, Abel fue designado por Fidel al frente del grupo que tomaría el Hospital Civil y desde allí combatiría. Antes de la partida, en la Granjita Siboney, las palabras de Abel Santamaría a los combatientes infundían firmeza y convicción.
 “Es necesario que todos vayamos mañana con fe en el triunfo; pero si el destino nos es adverso, estamos obligados a ser valientes en la derrota, porque lo que pase en el Moncada se sabrá algún día, la historia lo recogerá y nuestra disposición a morir por la Patria será imitada por todos los jóvenes de Cuba. Nuestro ejemplo merece el sacrificio y mitigará el dolor que podamos causarles a nuestros padres y seres queridos. ¡Morir por la Patria es vivir! ¡Libertad  o  Muerte!”
Melba Hernández, heroína del Moncada, recuerda a Abel en esos días, en la Granjita Siboney:
“Allí Abel hablaba. Era muy apasionado y hablaba de sus impresiones sobre Santiago de Cuba y sobre los santiagueros. Decía que cumplida la misión de derrocar al tirano, él no se iría nunca de Santiago de Cuba, que se quedaría junto a los santiagueros, que aquél era su lugar. Ese fue el objetivo de Abel, vivir en Santiago de Cuba, con los santiagueros”
En su alegato de autodefensa La historia me absolverá, al referirse al  grupo de combatientes del Hospital Civil, asesinados luego de ser hechos prisioneros,  plantearía el jefe del asalto al Moncada: “Con ellos estaba Abel Santamaría, el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante el pueblo de Cuba”.
La caída de Abel Santamaría fue un rudo golpe para la Revolución y particularmente para su familia. Su hermana Haydée, también heroína del Moncada, desde su prisión tras el asalto, escribiría a sus padres:
(…) Abel fue, es y será ese hijo que  no envejece, siempre seguirá con su cara tan linda, siempre seguirá para ustedes, para todos nosotros con su fuerza, con su infinita ternura, será quien nos haga ser de verdad buenos, será siempre el guía, y para ustedes, será el hijo más cercano. Piensen bien que ya ustedes han sufrido cambios, cambios tan grandes y bellos, que aunque fuera por eso sólo me conformo, soy casi feliz; Abel los ha hecho cubanos, Abel ha logrado que ustedes amen  esta tierra, amen  la hermosa tierra donde nació, y creo que es lo único que él amaba más que a ustedes.
“Mamá, ahí tienes  a Abel, ¿No te das cuenta,  Mamá? Abel no nos faltará jamás. Mamá, piensa que Cuba existe y Fidel está vivo para hacer la Cuba que Abel quería. Mamá, piensa que Fidel también te quiere, y que para Abel, Cuba y Fidel eran la misma cosa, y Fidel te necesita mucho. No permitas a ninguna madre te hable mal de Fidel, piensa que eso sí Abel no te lo perdonaría”.
Los restos de Abel Santamaría Cuadrado  se guardan con celo en el cementerio  de Santa Ifigenia, en el Santiago de Cuba que él aprendió a querer. En la ciudad y la provincia que lo recuerdan hoy como un eterno joven revolucionario, como paradigma de valentía, de fidelidad y de altruismo.
A los santiagueros y a todos los cubanos, como dijo Haydée, Abel no nos faltará jamás. Ahora, Abel está junto a su eterno jefe.

miércoles, 18 de octubre de 2017

1962: Un octubre y dos victorias cubanas



.Orlando Guevara Núñez

Cada octubre, los cubanos dedicamos un recuerdo especial a los cruciales momentos vividos en ese mes de 1962, cuando nuestro pueblo estuvo amenazado por un holocausto nuclear y preservó su vida porque estuvo dispuesto a ofrendarla en nombre de sus principios de libertad y soberanía.
A nuestra memoria acuden el bloqueo naval norteamericano, las amenazas de exterminio, los intentos de destruir la Revolución utilizando los métodos más salvajes.
Recordamos al pueblo miliciano en pie de guerra, compartiendo trincheras con sus Fuerzas Armadas Revolucionarias y su Ministerio del Interior. Las mujeres ocupando en las fábricas los puestos de quienes habían cambiado las herramientas del trabajo por el fusil.

En ningún momento disminuyó la confianza del pueblo en la dirección de la Revolución. Con nuestro máximo jefe compartimos la idea de instalar aquí los cohetes soviéticos de largo alcance,  y el desacuerdo con que los desmantelaran. Vibramos de emoción el día en que Fidel afirmó públicamente que más que nunca se sentía orgulloso de ser hijo de este pueblo.
   Apoyamos el principio de no permitir ninguna inspección enemiga sobre el territorio cubano. Y no lo admitimos. La definición de ese fenómeno, de ese sentimiento individual y de pueblo, la encontré después en una afirmación hecha por Fidel, acerca de que nuestros misiles morales no podrían ser desmantelados jamás.
Por eso, cada año evocamos aquel episodio que nos hizo crecer como pueblo. El objetivo norteamericano terminó con un rotundo fracaso.
En ese octubre, se suma otra derrota imperial de la cual poco se habla. Precisamente para ese mismo mes y año, el gobierno de los Estados Unidos había programado el golpe final a la Revolución cubana.
Se trata de la Operación Mangosta – nombrada inicialmente Proyecto Cuba- fraguada después del desastre  de la invasión mercenaria de Playa Girón.
Dicha operación tenía el objetivo supremo de derrocar a la Revolución, para lo cual fueron trazadas 32 tareas en las áreas de inteligencia, políticas, económicas, psicológicas y militares. En noviembre de 1961, había quedado integrado el equipo, al mando de un general norteamericano, encargado de cumplir esas tareas mediante un cronograma bien definido.
En marzo de 1962, serían iniciadas las acciones con una preparación previa, como habían sido la expulsión de Cuba de la OEA, la ruptura de relaciones de Estados Unidos y la firma del presidente Kennedy del bloqueo a nuestro país. Otras nedidas fueron el intento de crear en Cuba una oposición interna a la que, valga decirlo, no le tuvieron nunca confianza para asumir un liderazgo en este país.
La segunda etapa de la Operación Mangosta era de abril a julio, en la cual se fortalecerían las actividades clandestinas, bajo la jefatura, desde luego, de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA).
El primer día de agosto figuraba en el cronograma dedicado a desencadenar los mecanismos para la sublevación, bajo el supuesto de que el pueblo se rebelaría contra la Revolución, pasando a octubre con una revuelta generalilzada. Por último, octubre de 1962 sería el escenario para el fin del Gobierno Revolucionario y la instauración de uno nuevo que permitiera el regreso a Cuba de los explotadores y fuera agradable para los Estados Unidos. La intervención militar norteamericana estaba dentro de los planes de Mangosta.
Los repetidos fracasos durante toda su preparación y ejecución,  hicieron que la Operación Mangosta se convirtiera en otro rotundo fracaso. Despues de la Crisis de Octurbe, el propio presidente Kennedy decretó la defunción de ese proyecto criminal.
Así, octubre de 1962 tiene para los cubanos el significado de dos grandes victorias contra el imperio norteamericano: La de la Crisis, llamada también de los Misiles, y contra la Operación Mangosta. En ambos casos, el pueblo cubano enalteció su vocación  patriotica y su decisión de morir de pie libre y soberano antes que vivir de rodillas cobarde y servil ante un amo.

domingo, 15 de octubre de 2017

16 de octubre de 1953: Y la historia absolvió a Fidel




.Orlando Guevara Núñez          



En la salita de enfermeras del Hospital Civil de Santiago de Cuba – convertida hoy en museo- no se ha extinguido aún el eco de las palabras de Fidel aquel 16 de octubre de 1953.
Fidel había sido llevado hasta allí esposado, rodeado de soldados y bayonetas. Tendría lugar el juicio al encartado principal de los hechos del 26 de julio de ese año, es decir, el asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo.
A pocos metros del lugar escogido, estaba el flamante Palacio de Justicia. Pero Batista y sus cómplices temían a las palabras del acusado. Y creyeron condenarlas al silencio.
El Presidente del Tribunal, doctor Adolfo Nieto Piñero-0sorio, había calificado ese juicio como el de mayor importancia y trascendencia en la historia republicana. Otros juristas habían opinado igual. Pero ninguno se opuso a la afrenta.
En esa, la Causa 37, aparecían como acusadas 132 personas, de las cuales comparecieron 109. De esa cifra, 50 eran moncadistas. Pero siete no habían sido detenidos y tres aparecían entre los asesinados.
En su desconcierto e incompetencia, la dictadura batistiana había incluido entre los acusados a 59 personas, principalmente miembros de partidos de la oposición que nada tenían que ver con la acción armada.
Sumados los testigos, peritos y acusados, la cifra de involucrados ascendió a 303 personas. Participaron también 28 abogados, entre ellos el principal acusado, Fidel Castro Ruz.
En cuanto a los asaltantes, fueron juzgados y condenados 32 y juzgados y absueltos por falta de pruebas 17, mientras que 48 no fueron ni apresados ni juzgados.
Entre los revolucionarios hubo 61 muertos, de ellos sólo 6 caídos en combate y 55 asesinados. Las fuerzas de la tiranía sufrieron 50 bajas, entre ellas 19 muertos y 31 heridos.
Las sanciones impuestas a los Moncadistas fueron repartidas de la forma siguiente: Fidel Castro Ruz, 15 años de privación de libertad; 4 recibieron condenas de 13 años, entre ellos Raúl Castro Ruz; 22 fueron condenados a 10 años; 3 a 3 años, y dos, las heroínas Haydée Santamaría y Melba Hernández, sancionadas a 7 meses de encierro.
Todo el proceso estuvo signado por las ilegalidades, por las violaciones de las leyes, por las arbitrariedades que, casi sin excepción, fueron acatadas por quienes debían impartir justicia, pero que su verdadero papel consistía en la obligación de condenar a los revolucionarios y apañar a los criminales.

El juicio fue cubierto por  un reducido número de periodistas, amordazados por la censura, y sin participación pública, con el objetivo de silenciar las razones allí expuestas por el acusado.
En esas condiciones adversas se enfrentó Fidel a las acusaciones. Y en tal situación pronunció su alegato de autodefensa, conocidos posteriormente como La historia me absolverá, palabras que cerraron su brillante pieza oratoria.
Momentos antes, se había escuchado en el pequeño recinto la petición del fiscal Francisco Mendieta Hechavarría:
 “Señor presidente y señores magistrados, mis palabras son para pedir la libertad, la absolución, del acusado Gerardo Poll Cabrera, y en cuanto a los dos acusados, interesarles la pena que indica en su apartado B el artículo 148 del Código de Defensa Social, agravado en un tercio para el doctor Fidel Castro Ruz por ser el líder del movimiento. Nada más”.
Para cumplir con el gobierno tiránico, el Fiscal no necesitaba nada más. Gerardo Poll no era moncadista. El otro acusado, herido, era  Abelardo Crespo.
Se pedía para el joven revolucionario la pena de 26 años de cárcel.
Pero nada amilanó a Fidel. En su alegato destruyó las mentiras y calumnias de los representantes de la tiranía; denunció los crímenes y torturas contra los asaltantes; puso al desnudo la inconstitucionalidad del gobierno batistiano y argumentó el derecho del pueblo a rebelarse contra ese oprobio.
Con claridad, Fidel expuso los males políticos, económicos y sociales que padecía el país, a la vez que enumeró las principales medidas que adoptaría la revolución triunfante, con definidos objetivos conocidos más tarde como El Programa del Moncada, sobre cumplido en los primeros años del triunfo.
Terminado el acto de auto defensa de Fidel, vino la sentencia, prefabricada por la tiranía y sus cómplices. Así definiría la periodista Marta Rojas aquel dramático momento:
“La deliberación del tribunal, instalado en la salita del hospital civil, duró unos minutos solamente, Los magistrados y el fiscal hablaron entre sí en voz baja, más bien parecía que murmuraban, hasta pronunciar la sentencia:
-Acusado  doctor Fidel Castro Ruz, tenga la bondad de ponerse de pie. Fidel se incorporó y escuchó erguido y sereno estas palabras:
-De acuerdo con la solicitud del señor fiscal este tribunal le ha impuesto 15 años de prisión… ha concluido el juicio”.
Los esbirros y criminales, los políticos corruptos, creyeron que ese era el sepulcro de la revolución. Pensaron que encerrando a personas, encerrarían ideas. Pero se equivocaron.

El 26 de julio de 1953, fue un hito en la historia cubana. Ese día marca el inicio de la última etapa de lucha de nuestro pueblo por su libertad e independencia; la concepción de la lucha armada sustituyó los gastados métodos de la politiquería; surgió Fidel como líder indiscutible de la rebeldía, nació un programa revolucionario y se indicó el camino para conquistarlo.
En el juicio, Fidel definido el carácter fraudulento del juicio: condenar a los inocentes y exonerar  a los culpables de los crímenes. Por eso había afirmado: Es concebible que los hombres honrados estén muertos o presos en una república donde está de presidente un criminal y un ladrón.
Y había legado unas palabras, con fuerza de futuro, que hoy parecen escucharse en la salita de enfermeras, pero ya con magnitud universal:  CONDENADME, NO  IMPORTA,  ¡ LA HISTORIA ME ABSOLVERA!
Y  la historia absolvió a  Fidel.