sábado, 24 de junio de 2017

La otra guerra y el otro “Monguín”




.Orlando Guevara Núñez
La otra guerra,  serial sobre la lucha contra las bandas mercenarias organizadas, armadas y financiadas por la Agencia Central de Inteligencia y el gobierno de los Estados Unidos con el fin de derrotar a la Revolución cubana, nos hizo revivir recuerdos de aquellos épicos días.
Entre esos recuerdos hay uno especial, la caída en combate de “Monguín”, uno de los milicianos que con su sangre firmaron nuestra victoria sobre los mercenarios.
Lo simbólico está en el nombre. Porque otro “Monguín” cayó después, el 17 de abril de 1970,  en otra guerra  más: la lucha contra la infiltración de grupos armados, organizados, entrenados y dirigidos por  el mismo enemigo.
El otro “Monguín”  Ramón Guevara Montano, era mi primo. Los dos éramos campesinos. Juntos fundamos la Asociación de Jóvenes Rebeldes en la zona donde  vivíamos. El  como presidente y yo como organizador. En fecha temprana fue llamado a las Fuerzas Armadas Revolucionarias donde se especializó en el trabajo político.
Se desempeñaba como Político de la División de las FAR en Baracoa. Aquel  infausto 17 de abril, justamente  nueve años después de la invasión mercenaria de Playa Girón, al conocer de una infiltración enemiga, se dirigió hacia el campo de operaciones y allí perdió la vida, enfrentando a los mercenarios.
Lo recuerdo aún organizando el estudio político de algunos jóvenes rebeldes, ensayando discursos que después no decía - porque no tenía dónde- o averiguando el significado de palabras para nosotros entonces incomprensibles. Y también componiendo frases bonitas para adornar las cartas de amor. Al morir, tenía 28 años de edad.
La última vez que nos vimos fue la víspera de su caída. Conversamos hasta pasada la media noche.
Me habló sobre sus intenciones de casarse con Julieta, una muchacha de nacionalidad mexicana que con su hermano vino a Cuba  en la etapa de la guerra y  se incorporó al Ejército Rebelde. Ella residía en Santiago de Cuba. Quedé invitado para una boda que no llegó a celebrarse.
El “Monguín” del serial, dejó a su novia en estado de gestación y no llegó a conocer al hijo. El otro “Monguín”  dejó a su novia en tal desconsuelo que no se casó nunca. Y  murió sin tener los hijos deseados.  Andrés y María Luisa, sus progenitores, nunca sintieron sosiego después de la pérdida del hijo.
El resto de los caídos durante las operaciones de aniquilamiento de la banda mercenaria, eran milicianos de Baracoa, quienes con prontitud se habían presentado a sus unidades al conocer sobre la infiltración.
José A. Sánchez Marzo, contaba con solo 24 años de edad. De extracción campesina, dejó una hija de 11 meses de nacida, y a su esposa esperando otro alumbramiento. Ovidio Hernández Matos, también de 24 años, campesino devenido carpintero. Con su muerte, dos niños quedaron huérfanos. Evodino Marzo Marzo era padre de cuatro niños, campesino y barbero. El enemigo tronchó su vida cuando había vivido solo 33 años.
Esos crímenes van también a cuenta de los asesinos, mercenarios y traidores que tanto luto, dolor y muerte  le han causado a nuestro pueblo. Esos son los recuerdos que nuestros enemigos quieren que borremos. Para ellos, ese dolor no existe. Por el contrario, glorifican a los asesinos y defienden a quienes con su vida pagaron el crimen.
Los restos de todos ellos fueron velados en el pequeño poblado de La Máquina, cercano a la zona de operaciones. Una orden firmada por Raúl Castro lo ascendió al grado de Primer Teniente. El duelo fue despedido por Fidel.
Durante la velada solemne para rendirles postrer tributo, el Comandante en Jefe Fidel Castro realizó ante sus cuerpos inertes una guardia de honor, y en el entierro expresó:

“En breves minutos se les dará sepultura a esos compañeros. Han caído en el cumplimiento del deber. Las balas pueden tronchar vidas, las balas enemigas y traicioneras pueden atravesar el pecho, pueden atravesar la frente, pueden atravesar la carne, pueden atravesar los huesos, pueden atravesar el corazón, pueden atravesar a un hombre, pero lo que no podrán jamás esas balas criminales será inmolar las ideas, tronchar la causa, atravesar la bandera y la justicia que esos hombres defendieron con su cuerpo. Los hombres podemos caer, pero las ideas que defendemos no caerán jamás”.
El día 26 de aquel abril  de 1970 fueron capturados los dos últimos mercenarios invasores. Una nueva agresión imperialista contra nuestro pueblo había sido derrotada. En el parte firmado por el entonces  comandante y jefe del Ejército Oriental, Raúl Menéndez Tomassevich,  al frente de las operaciones, se incluía entre los caídos a otro miliciano: Arquímedes Borges Bolaño.
Esa es otra de las tantas epopeyas forjadoras de nuestra historia, de nuestras glorias y de nuestras victorias.

viernes, 23 de junio de 2017

Josué, Floro y Salvador: nuestros fiscales supremos



.Orlando Guevara Núñez

                           

En junio de 1957, la rebeldía del pueblo santiaguero y de todo el territorio oriental se había multiplicado. Luego de los días azarosos y funestos del desembarco del Granma, se había producido el primer combate victorioso del naciente Ejército Rebelde en La Plata, el 17 de enero, y un mes después la entrevista concedida por Fidel en la Sierra Maestra al periodista norteamericano Herbert Matthews. Ambos acontecimientos desmentían la patraña gubernamental de que los rebeldes estaban aniquilados y de que la paz reinaba en esta combativa provincia.
El 28 de mayo de 1957, el combate de El Uvero había reafirmado la verdad que el régimen batistiano y los medios de prensa querían silenciar. Ese mismo día, los esbirros de la tiranía asesinaron a 16 expedicionarios del Corynthia, que habían desembarcado por la costa norte de Oriente para combatir contra Batista. El heroico asalto al Palacio Presidencial, el 13 de marzo de ese año, reafirmaba la rebeldía de los cubanos en todo el país.
En Santiago de Cuba el pueblo se enfrentaba valerosamente a las fuerzas militares opresoras y muchos de sus hijos eran perseguidos, torturados y asesinados en las calles. En ese propio junio,  Herbert Matthews,  escribía en el diario The New York  Time sus impresiones  sobre la capital oriental.
Esta es una ciudad en revolución contra el presidente Fulgencio Batista. Ninguna otra descripción podría señalar el hecho de que virtualmente todo hombre, mujer y niño en Santiago de Cuba, excepto la policía y las autoridades militares, están luchando al costo de lo que ellos pueden para derribar a la dictadura militar en La Habana. Lo que se aplica a Santiago puede aplicarse a toda la provincia de Oriente, al extremo oriental de la Isla, la más densamente poblada y la más fértil región de Cuba y que tradicionalmente ha sido la cuna de la lucha por la libertad”.
Era ésa la realidad que pretendían ocultar el dictador y sus cómplices, quienes se empeñaban en  hacer creer a la opinión pública que en Santiago de Cuba y Oriente había estabilidad política y tranquilidad ciudadana. Con ese engañoso objetivo, personeros batistianos, entre ellos el asesino Rolando Masferrer, organizaron ese 30 de junio un llamado “mitin de la paz” que tendría lugar en el Parque Céspedes, ubicado en el mismo corazón de la ciudad.
Pero los jóvenes del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, comandados por el héroe de la lucha clandestina, Frank País García, se aprestaron a demostrar lo contrario, con un audaz plan de acción. Una bomba de tiempo, colocada debajo de la tribuna, no llegó a explotar, fallando así el aviso para que tres pequeños grupos de revolucionarios salieran a la calle demostrando su presencia y  dispuestos al enfrentamiento con el enemigo. Faltó la señal, pero los jóvenes combatientes cumplieron la parte que les correspondía.
Entre los intrépidos muchachos estaban Josué País García, Floromiro Vistel Somodevilla y Salvador Pascual Salcedo. Impacientes por la ausencia de la explosión, Josué trató de comunicarse con Agustín Navarrete, responsabilizado con la acción, lo que no fue posible. Las palabras ofensivas y demagógicas de los personeros batistianos durante el mitin, enardecieron más a los jóvenes. “Estamos en esta tarde-dijo uno de los sicarios- librando en Santiago de Cuba la batalla por el futuro, por la tranquilidad, por la paz y el progreso de la nación. A la bomba, al petardo, oponemos el alma de nuestras mujeres, el pecho de nuestros hombres y la voluntad del pueblo, que quiere elecciones, que quiere paz, que quiere trabajo”.
Ante esa y otras ofensas, los tres jóvenes decidieron iniciar la operación. Salieron a la calle, ocuparon un auto de alquiler y caminaron hasta ser interceptados en la calzada de Martì y Crombet por un vehículo militar que ya los perseguía, pues el dueño del auto ocupado había hecho la denuncia a las fuerzas represivas. Refuerzos de los asesinos acudieron de inmediato. Cercados y  atacados por los esbirros, los tres jóvenes prefirieron morir en desigual combate, antes que rendirse al enemigo.
Floro y Salvador, luego de responder al fuego contrario, murieron al instante, mientras que Josué, herido de gravedad, fue hecho prisionero, montado en un carro militar y – según testimonio de muchos – asesinado como respuesta a sus exclamaciones de ¡Viva la Revolución!
En un artículo del investigador histórico, combatiente y biógrafo de Josué País, Francis Velázquez Fuentes, donde se analizan los hechos de ese día, se expresa que otro de los grupos revolucionarios decidió también salir, pero al tratar de ocupar un auto fueron descubiertos y se enfrentaron a los sicarios, causándoles dos muertos y un herido, logrando ellos escapar ilesos.
El fracaso del mitin fue evidente. En carta fechada el 5 de julio de 1957, el propio Frank País le comunicaría al máximo jefe de la Revolución, Comandante Fidel Castro, la siguiente valoración:
“Tuvieron que dar el mitin apoyados en tanques de guerra, con 3 000 soldados sobre las armas y más de 200 apapipios de Masferrer (…) El pueblo se portó muy bien, nadie fue; había solamente unas 5 000 personas y eso que las trajeron de toda la República. Tal fue el fracaso que el gobierno ha trazado planes para Oriente (…)”
A este fracaso de los politiqueros hay que unir otro. El Movimiento Revolucionario 26 de Julio, como parte del plan, se había propuesto interferir la transmisión del mitin. Uno de sus militantes, Carlos Amat, empleado de la Cuban Telephone Company, era el encargado de las líneas telefónicas a través de las cuales la transmisión llegaría a varias emisoras nacionales. Y precisamente en el momento que le correspondía hablar al asesino Masferrer, lo que salieron al aire fueron las consignas revolucionarias de ¡Viva Fidel!, ¡Viva la Revolución!, ¡Abajo Batista!
Ese mismo 30 de junio, además de la caída de Josué, Floro y Salvador, el Movimiento sufrió otro duro golpe: el fracaso del intento de apertura de un segundo frente de combate, en la zona de Miranda,  actual municipio de Mella, en la provincia santiaguera. Como la “semana terrible”, bautizaría Frank País estos hechos al informar a Fidel sobre los acontecimientos.
Pero los combatientes clandestinos no se amilanaron. Fortalecieron su organización, golpearon con más fuerza a los esbirros de la tiranía y se convirtieron en un firme bastión de apoyo a los guerrilleros que en las montañas orientales también incrementaban sus acciones, en una lucha sin tregua cuyo colofón fue la victoria revolucionaria del 1ro. de enero de 1959.                                   
                                                      
                                                   Los tres héroes

Josué País García era el hermano menor de Frank. Nació en Santiago de Cuba, el 28 de diciembre de 1937. Al morir contaba con sólo 19 años de edad. De conocida procedencia humilde, sus inquietudes revolucionarias lo habían integrado a la lucha estudiantil en el Instituto santiaguero. Formó parte del Bloque Estudiantil Martiano. Sus aspiraciones de estudiar ingeniería en la Universidad, quedaron truncas ante los requerimientos de su actividad revolucionaria.
Junto a los jóvenes que se rebelaron contra el golpe militar que el 10 de marzo de 1952 llevó al sanguinario Batista al poder, estaba Josué. Se suma de lleno a la lucha revolucionaria junto a Frank, Pepito Tey y otros destacados revolucionarios. El asalto al Cuartel Moncada, incentiva en el joven su ideal libertario. Es perseguido y detenido varias veces por los esbirros lo que, lejos de amedrentarlo, lo enardece. Ingresa al Movimiento Revolucionario 26 de Julio y figura entre los combatientes del 30 de noviembre de 1956.
Su muerte conmovió en lo más profundo a su hermano Frank, quien refiriéndose al trágico acontecimiento le escribe a Fidel: “Aquí perdimos tres compañeros más, sorprendidos cuando iban a realizar un trabajo delicado y que prefirieron morir peleando antes de dejarse detener, entre ellos el más pequeño que me ha dejado un vacío en el pecho y un dolor muy mío en el alma”.


Floromiro Vistel  Somodevilla nació en Santiago de Cuba, el 18 de mayo de 1934. No había cumplido los 23 años de edad cuando ofrendó su vida a la libertad de la Patria.
No tuvo oportunidad de continuar estudiando después de alcanzar el sexto grado, pues la necesidad lo obligó a trabajar desde muy joven para contribuir al sustento de su humilde hogar. Laboró como chofer en una fábrica de galletas en su ciudad natal.
Se integró al Movimiento Revolucionario 26 de Julio y sus principales actividades las desarrolló  en un grupo de acción, junto a Josué País y Salvador Pascual.
Participó en el Levantamiento Armado del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba y fue detenido el  2 de diciembre de ese año, permaneciendo en prisión hasta mayo de 1957, ocasión en que se reintegra a la lucha hasta su caída heroica pocos días después.



Salvador Pascual Salcedo tenía 23 años al caer en combate, el 30 de junio de 1957. Había nacido en Santiago de Cuba, el 8 de abril de 1934, en el seno de una humilde familia. Estudió Derecho Administrativo en la Universidad de La Habana, trabajando luego en las tiendas de ropas Luxor y La Francia, de la ciudad santiaguera.
Con sólo 18 años de edad, ya estaba vinculado a la lucha revolucionaria y bajo las órdenes de Pepito Tey cumplió diversas y riesgosas misiones clandestinas. Por estar cumpliendo una de ellas, en el antiguo central Río Cauto (hoy José Nemesio Figueredo, en la provincia de Granma) no participó en las acciones del 30 de noviembre de 1956, en Santiago de Cuba.
Al caer en combate su jefe, Pepito Tey, el joven revolucionario continúa cumpliendo misiones junto a Frank País, hasta su muerte heroica.
                                         Presencia de los caídos
La muerte de los tres revolucionarios santiagueros, causó una profunda impresión entre  el pueblo de Santiago de Cuba y de los combatientes guerrilleros de la Sierra Maestra. Así, el 21 de julio de 1957, el Ejército Rebelde escribe a Frank País una carta de condolencia, la cual no llegó a las manos del jefe clandestino, por su también heroica muerte el día 30 de ese mismo mes.
En esa emotiva carta, un párrafo lo leemos hoy con impresionante fuerza de presencia.  “Si el destino nos lo permite, juntos iremos un día a su tumba para decirle a él y a toda esa legión de Niños Héroes, que hemos cumplido con la primera parte de esta lucha y que con la misma entereza y espíritu de sacrificio nos disponemos a culminar la obra de nuestra generación, teniéndolos a ellos como fiscales supremos de nuestros actos futuros”
Y para ti, hermano querido, - expresa la propia misiva- nada tenemos que añadirte, porque también es nuestro el dolor del joven águila caído.
Hoy el compromiso de culminar la obra de Josué, de Floro y de Salvador, la asume un pueblo entero que los continuará considerando, eternamente, fiscales supremos de nuestros actos presentes y futuros. Y el joven águila caído continúa elevando su vuelo para, junto a los Niños Héroes inmolados aquel 30 de junio y en otras fechas, continuar su ascenso hacia el sitial más alto de la Patria
                                             
                                      

lunes, 19 de junio de 2017

El “heroísmo” del padre del violinista de Trump








.Orlando Guevara Núñez

Esta foto fue publicada en Santiago de Cuba, en los primeros días de enero de 1959. Otras muchas páginas dieron a conocer los rostros o cadáveres de hombre, mujeres, jóvenes casi niños, asesinados por la tiranía batistiana en esta ciudad, donde uno de los criminales, el comandante  Bonifacio Haza-padre del  mediocre  violinista de Donald Trump, era el jefe la policía.
Ese individuo, célebre por la persecución a los revolucionarios, por los crímenes, torturas y desaparición de santiagueros, participó  en el asesinato del  héroe de la lucha clandestina en esta ciudad, Frank País García y el también luchador clandestino Raúl Pujol, el 30 de julio de 1957. Para esa fecha, el esbirro era solo capitán.
La historia de la “víctima” del gobierno cubano, tergiversada por el presidente de los Estados Unidos, tiene detalles que deben conocerse por quienes a él lo escucharon en su reciente discurso anticubano.
En los momentos del asesinato de Frank País, quien con solo 22 años de edad era el máximo jefe del Movimiento Revolucionario 26 de Julio en el llano, estaba destacado en Santiago de Cuba el esbirro José María Salas Cañizares, conocido por los santiagueros y cubanos como “masacre”. A su cargo estaba la persecución de Frank.
En su libro Frank, entre el sol y la montaña, el también combatiente clandestino y del Ejército Rebelde, general de brigada William Gálvez Rodríguez, sintetiza aquel trágico momento.
“Masacre” a uno de su jauría:   “Yo me estaré moviendo alrededor de la zona y cualquier cosa me llaman por el carro, si no estoy, llaman a Haza, que también irá con nosotros. El nos espera en el Gobierno Provincial. Pero escuchan bien: a la más mínima señal de resistencia o fuga, la orden es fuego contra quien sea. Luego veremos”.
Después, el asesino, acompañado de otros dos de su misma calaña, se dirigió  a recoger a otro de su misma especie, Bonifacio Haza. En el trayecto, “Masacre”  pregunta al capitán si ya escogió las casas que serán registradas.  Haza le responde afirmativamente. Comenzaba la operación; faltaban pocos minutos para las 4 de la tarde.
Ya totalmente cercados, Frank y Pujol deciden salir, tratando de pasar inadvertidos, pero son interceptados por un soldado. Al ser registrados, a Frank se le ocupa una pistola 38. Los dos son llevados ante los jefes. Y un delator, que había estudiado junto a Frank, lo identifica. De inmediato, el atropello. El cadáver de Frank País, presentaba 38 heridas de bala. A su lado, la pistola, para hacer creer a la opinión pública que se había rebelado y agredido a la autoridad. Era la justificación para el bárbaro asesinato. Mariano Randich, el delator, fue ajusticiado poco después.

Ya  a mediados de abril de 1956,  el  “héroe de Trump” había reprimido  a tiros a un grupo de estudiantes que, ante la Audiencia, pedían la libertad de sus compañeros juzgados. En esa ocasión, fue el asesino del Moncada, coronel Chaviano, quien dio la orden de represión. “Si usted lo ordena, así será”, contestó Haza. Y así lo hizo.
Dos estudiantes estaban heridos de gravedad. Y  ante el regocijo de otro esbirro por el  crimen, exclamaría Haza: “Brindemos por la mano fuerte del general Batista en Oriente, por nuestro querido coronel y futuro general Alberto del Río Chaviano”.
Ante la agresión a los estudiantes, la respuesta de los revolucionarios fue el combate, bajo la dirección de Frank País. El día 20 de abril de ese 1956, caían heridos Carlos Díaz y Orlando Carvajal. Recluidos en un hospital, fueron sacados y conducidos ante  un grupo de  militares asesinos, entre ellos Bonifacio Haza. Y los dos jóvenes fueron asesinados, luego de bárbaras torturas, entre éstas aplicación de alcohol puro en las heridas y pinchazos con punzones.
Luego, Bonifacio Haza, siguió su carrera y acrecentó su historial de torturas y crímenes. Hasta que llegó el triunfo de la Revolución.
Hace algún tiempo, entrevisté a un combatiente clandestino de Santiago de Cuba,  quien, rememorando el primer día de la victoria, se refirió a su encuentro, en plena calle, con Bonifacio Haza, aún armado. Su indignación fue tal, que se dirigió al esbirro para detenerlo. Sin embargo, Haza le replicó que los acuerdos de El Escandel, donde el mando militar del Moncada se había rendido ante el Comandante en Jefe Fidel Castro, establecía que los oficiales quedaban libres y armados.
Campos Miguel, aunque no podía entender esa libertad para quienes horas antes asesinaban a los revolucionarios y a la población, no lo tomó prisionero, pero lo despojó del arma. Confió en la justicia revolucionaria, anunciadora de que quienes no  eran responsables de ningún crimen, quedarían libres, pero los criminales serían juzgados y sancionados por los tribunales.
Los revolucionarios y el  pueblo actuaron con serenidad y ética. Y en esos primeros días de enero de 1959, el comandante Bonifacio Haza fue juzgado por un Tribunal Revolucionario y pagó por sus crímenes. Fue fusilado, junto a otros connotados asesinos.
No creo que el presidente de los Estados Unidos esté totalmente de espaldas a la historia de éste, uno de sus “héroes”  cubanos, padre de su violinista, catalogado también como víctima. El hijo no fue culpable de los crímenes de su padre, pero la verdad no puede falsificarse  y mucho menos en ara de intereses mezquinos.
En Cuba, muchos hijos de militares o civiles que fueron castigados por sus crímenes, han gozado y gozan de todos los derechos y beneficios de la Revolución. Incluso  los familiares de los militares que murieron en combate contra los revolucionarios. Ese principio lo expresó Fidel desde el 16 de octubre de 1953, ante el tribunal que lo juzgaba por los hechos del 26 de julio de ese año.
Así afirmó  Fidel: “Cuando Cuba sea libre, debe respetar, amparar y ayudar también a las mujeres y los hijos de los valientes que cayeron frente a nosotros. Ellos son inocentes de las desgracias de Cuba, ellos son otras tantas  víctimas de esta nefasta situación”. Y eso ha sido totalmente cumplido. Si el hijo de Bonifacio Haza viviese en Cuba, seguro no sería una excepción. Y sería, por lo menos, mejor violinista.
Nada, que el presidente yanqui sigue la tradición de sus antecesores, en su manía de fabricar “héroes”  cubanos, de escoger las peores materias primas. Bonifacio Haza es un claro ejemplo de ese fracaso.
No es toda la historia de este personaje, pero en algo se ayuda a conocerlo tal como fue.

domingo, 18 de junio de 2017

LA HISTORIA NO CONTADA DEL AGENTE “MERCY” DE LA SEGURIDAD CUBANA.

No es usual, en mi blog, incluir trabajos de otros autores. Pero el valor patriótico y humano de éste, firmado por Percy Francisco Alvarado Godoy, me conduce a la excepción. De heroísmos como los de su padre- y de él mismo- están cimentados el heroísmo y el internacionalismo del pueblo cubano. Gracias, Percy, por esta conmovedora lección.

 

 


Mi padre junto al comandante Piñeiro
Por estos días varios blogs contrarrevolucionarios como Nueva Acción Cubana y Superpolítico, así  como varios mercenarios anticubanos en la Red Social Facebook, no se han contentado con amenazarme reiteradamente, al igual que a mi familia. En sus ataques han tomado a la figura de mi padre, sencillo y anónimo revolucionario latinoamericano, para falsear su honestidad y entrega a la Revolución Cubana.

Carlos Alvarado Marín, el agente "Mercy", fue en realidad tal vez el primer colaborador en la historia de la Seguridad Cubana en trabajar en el exterior. Toda su vida la entregó sin pedir honor a cambio. Por ello retomo este pasado artículo, escrito por mí hace algún tiempo, para vindicar  a su persona y a su entrega incondicional a la lucha de nuestros pueblos y, particularmente, a su Cuba amada.

Quien trata de ofenderme, denigrándolo, pierde su tiempo. Él vive en mí como ejemplo. Cada acto mío es para honrarlo aún más, aunque ya no pueda expresárselo directamente.

Sirva esta nota para honrar también al entrañable amigo, José Gómez Abad (Pepe), a quien le fallé en su momento final y no pude acompañarle en el momento de su deceso, pues el dolor de verlo terminar su fructífera vida era una carga muy pesada para mí.

Remembranzas sobre mi padre.

Percy Francisco Alvarado Godoy
11 de noviembre de 2010.

La muerte sorprendió a mi padre, Carlos Conrado de Jesús Alvarado Marín, un infausto día de noviembre de 1997, cerrando ese día una larga y provechosa vida. Luchador infatigable, enfrentó a la parca con el pecho desnudo, como lo hacen los hombres, y de esa manera se nos fue, combatiendo aún por la liberación de nuestra América y siempre fiel a su Cuba amada, a la que defendió durante 37 años en el más absoluto anonimato.

La muerte precipitada, cuando aún combatía por su amada Guatemala como sencillo combatiente del Ejército Guerrillero de los Pobres, con sus 75 años a cuestas, no nos dejó, sin embargo, con las manos vacías. Nos legó su historia llena de heroicos pasajes que lo hicieron ser un participante activo en las luchas de su tiempo, aunque mucho de lo que hizo deba permanecer aún en el más absoluto silencio. Ese largo avatar, iniciado desde la más profunda pobreza, le llevó un día a ser uno de los pocos hombres, de los últimos, que combatieron a las hordas mercenarias que derrocaron salvajemente al gobierno de Jacobo Árbenz.

Luego vendría el exilio en la Argentina en que reforzaría sus convicciones revolucionarias junto a un valioso grupo de compañeros que, posteriormente, como Luis de la Puente Uceda y muchos más, le encaminarían al bello camino en que el humanismo y la solidaridad mueven cada parte de nuestros corazones. Por ese entonces, ya había conocido a Ernesto Guevara de la Serna, el  futuro Guerrillero Heroico, con el que trabó una inolvidable amistad.

Fue, sin embargo, un hombre de privilegios. La lucha lo llevó a conocer a hombres y mujeres como el propio Che, como a Manuel Piñeiro Lozada, como Bernardo Alvarado Monzón, Manuel Galich, Tamara Bunke Bider (Tania)  y otros, con los que combatió en unos casos y en otros les sirvió de sostén en sus luchas. Tuvo también el privilegio de ser uno de los primeros hombres de la Seguridad cubana que marchó al exterior a defender al maravilloso y amado pueblo que lo recibió como a un hijo. Fue quien comunico a la heroica guerrillera las principales tareas asignadas a ella para cumplir su misión en Bolivia y le dio el entrenamiento necesario en sus nuevas condiciones de trabajo.

La enorme modestia que lo caracterizó le impidió hablar a sus hijos, que lo veían irse y desaparecer durante largos años, sobre el combate anónimo que libraba. Para sus compañeros fue leal y modesto, sencillo y tenaz, y, sobre todo, capaz de crecerse ante las adversidades y cualquier error cometido.

Muchas ciudades del mundo lo vieron deambular usando múltiples identidades, aunque sus compañeros solían nombrarlo con seudónimos como Mercy, Juan, el Don, el Doctor, el Viejo, el Maestro, Felipe y muchas denominaciones de acuerdo con la ocasión. Su vocación esencial, empero, a pesar de ser un internacionalista por convicción, fue siempre amar a Cuba, a Fidel y, particularmente, al Che.

Uno de sus compañeros, José Gómez Abad, lo caracterizó en las páginas de un libro titulado “Cómo el Che burló a la CIA”, editado por la Editorial Capitán San Luis no hace mucho, con las siguientes palabras, en relación con su ingreso a la Seguridad en 1963: “En ese momento, al llevarse a cabo el acto de proposición y aceptación como colaborador de los órganos de la Seguridad del Estado (reclutamiento), se produjo el eterno abrazo internacionalista de Carlos Alvarado Marín, Mercy, con la causa de la Revolución Cubana, mediante la defensa de la misma de las agresiones de sus enemigos internos y externos y el apoyo solidario a la lucha de los pueblos explotados de América Latina”.

Posteriormente, escribió sobre mi padre: “Mercy o Juan, como operativamente lo llamábamos, con la perspectiva de los años transcurridos, resulta de admirar en él, cómo a pesar de duplicarnos en edad a la mayoría de los compañeros que con él trabajábamos, siempre mantuvo una relación de mucho respeto, siendo muy disciplinado y generando constantes iniciativas para perfeccionar el trabajo. En él se destacaba también su incondicionalidad militante con la Revolución Cubana y al Comandante en Jefe, su sentido autocrítico, laboriosidad, la relación abierta y sincera con los compañeros y su sagacidad operativa”.

Finalmente, Pepe Abad, ya fallecido, caracterizó a mi padre con emotivas palabras: “Ni los años, como tampoco los múltiples sinsabores y riesgos que afrontó en su larga y azarosa vida, habían hecho mella en su vitalidad excepcional y asombrosa lucidez. Hasta sus últimos momentos fue un enamorado de la vida y de todas sus bellezas”.

Por mi parte le recuerdo, con su tabaco siempre, rebuscando en su memoria tanto recuerdo, mientras se balaceaba en una mecedora de metal en el patio trasero de mi casa. Su mirada recaía en mí, con reprimida tristeza al verme pasar, pensando que su hijo, acomodado y con una actitud cuestionable ante la Revolución, traicionaba lo que más amaba. Le recuerdo también adolorido por sus errores, a él que siempre luchó por ser un hombre perfecto y cargaba sobre sí el peso tremendo de su propio sentido autocrítico.

Murió, como dije, tal como vivió: sencillo y anónimo, ajeno a las glorias y a los reconocimientos públicos. Aún recuerdo aquella noche triste en la funeraria de Calzada y K, cuando inexplicablemente para los presentes le fueron retiradas sus condecoraciones, algunas ofrendas de los líderes de nuestra Revolución y se decidió no hacerle la guardia de honor que se merecía. Muchos lloraron de rabia ante este sorprendente hecho, entre ellos mis hermanos y sus compañeros. El propio José Abad explicó el suceso en su libro: “Al fallecer, circunstancias que él también conocía, impidieron rendirle el público homenaje que se merecía y que el propio comandante Manuel Piñeiro Lozada quería hacerle. De haberse violado en ese momento esas limitaciones, se ponían en riesgo importantes trabajos de los Órganos de la Seguridad del Estado de Cuba y, sobre todo, la vida de personas que él mejor que nadie conocía y deseaba preservar” (…)”La circunstancia a que he hecho mención era que su hijo mayor, Percy  Francisco Alvarado Godoy, el Agente “Fraile” de la Seguridad de Cuba, se encontraba en esos momentos infiltrado dentro de las organizaciones terroristas en La Florida.”

Confieso que mi dolor se hizo mayor al saber que en parte era responsable de que mi padre no fuera acreedor del honor ganado en su largo batallar por la vida. Sin embargo, me reconfortaron las emocionadas palabras de Manuel Piñeiro que,  reprimiendo las lágrimas con toda la fuerza de su probada hombría, exclamó al despedir el duelo: “Hoy dejamos aquí a Carlos, con la certeza de que algún día los pioneros cubanos podrán conocer mejor la vida de este hombre, que fue modelo a seguir por todos los revolucionarios latinoamericanos. A todos nos queda el compromiso de hablar de él, cuando se pueda hacerlo, y decir quién fue este hombre en realidad”.

Hoy, padre mío, compañero mío de combate, cumplo con ese mandato del Comandante Piñeiro, para que  Cuba y el mundo te conozcan finalmente.